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Este blog es Team Suiza!!!!

jueves, 1 de julio de 2010

Guardianes-Monty Cap 3




CAP 3


No, para Gabriel, nada podía dar un significado que él comprendiera a que Cassidy estuviera recibiendo directamente sus pensamientos, sensaciones, emociones y todo lo que a él se le había pasado por la cabeza en los momentos más decisivos de la noche. Directamente, y sin que él se lo propusiera, por supuesto. Algo no estaba yendo bien. En realidad, nada estaba yendo bien. Pero… una casa arde si se le prende fuego. Era algo… lógico. Ahora, aquello… Cassidy era tan sólo una humana. El que ella tuviera algún poder telepático quedaba descartado. William con su poder de Obour lo hubiera sabido nada más tocarla la primera vez.



Gabriel se decidió por el camino fácil de la culpa. Era él. Él era lo que estaba mal. Estaba fuera de control. Bien claro había quedado después de que redecorara todo el refugio subterráneo de la familia Legrende. Tras un segundo de que su cerebro procesara esa idea, su pecho se encogió dolorosamente.



Nunca hubiera querido que ella supiera lo mucho que temió por el bienestar y la felicidad de Cassidy al descubrir que su hogar, con su familia supuestamente en el interior, estaba siendo pasto de las llamas. No tenía mucha importancia que Cassidy hubiera visto cómo él se imaginaba a sus compañeros y señores entrando en el pasadizo para ponerse a salvo cuando al no llegar a sus oídos gritos de auxilio, concluyó que éstos se habrían puesto a salvo. Eso la había tranquilizado. Por otro lado, tampoco era muy relevante el hecho de que la muchacha recibiera de manera clara el mal presentimiento que se apoderó de él al no recibir respuesta alguna cuando llamó al búnker, y que ante ella se desarrollara una sucesión de imágenes del interior de la guarida vacía. Cómo él lamentablemente supo que se hallaría, sin poder evitar que esas imágenes se plasmaran en su mente. Lo que no se podía perdonar es que Cassidy hubiera tenido que ser testigo del horror y la matanza que imaginó se había llevado a cabo en el hogar. Estuviera en lo cierto o no, Cassidy no tenía por qué haber visto aquello y él se condenó por su vivida y truculenta imaginación.



-Lo siento mucho, Cassy -murmuró Gabriel vencido, apartándose.



Ella fue a acercarse pero Gabriel levantó una mano parándola en su avance. No quería que le tocase y percibiera la oleada de culpabilidad y vergüenza que le estaba atravesando. A un metro de distancia le explicó la conclusión a la que había llegado, siendo incapaz de mirarla a los ojos. Al terminar su exposición, Gabriel sintió cómo algo le rozaba la piel de los brazos que quedaba expuesta por las mangas cortas de su camiseta de algodón negra. Miró hacia su bíceps y vio cómo estaba siendo cubierto por su sudadera azul cielo. Cassidy se la había quitado y se la estaba echando cariñosamente sobre los hombros. Del mismo modo la chica le levantó el rostro, poniendo un dedo bajo su barbilla.



-Mi Briel. Mi dulce Briel. No sabes cuánto me alegra oír eso.



-Genial -bufó el chico, retirando la cara-. Soy lo único que tienes para protegerte. Soy incapaz de controlar mi ira ante ti y por si fuera poco, mi genio Obour ha decidido campar a sus anchas llenando tu cabeza con mis sangrientos pensamientos, y tú dices… ¿Que te alegras de oírlo?



Cassidy se bajó de la cama para ponerse de cuclillas frente a él y que no tuviera manera de evitar mirarla al rostro.



-Tu ira sólo ha dañado cosas materiales. Cosas que de algún modo eran mías, ¿no? -Él asintió, mirándola con el ceño fruncido. Si de esa manera pensaba consolarlo es que era tan torpe con las palabras como él-. Bien. Pues te doy permiso para destruir mis cosas materiales si de ese modo obtienes algo de paz. Y por cierto, este permiso es de carácter retroactivo. Así que no tienes por qué lamentar los destrozos. Tenías permiso para hacerlo. -En este punto Cassidy le tomó las manos que colgaban entre sus rodillas. Él trató de retirarlas pero cesó en su empeño cuando Cassidy simuló gruñir como un perro enfadado, consiguiendo que él soltara una risita ahogada-. Ahora. Me alegro de oír que todo lo que he visto se debe a que tu poder de Obour está desmadrado. En primer lugar, porque significa que no era ningún tipo de profecía o algo así. Aunque no me cuadraba mucho haberlos visto huir por los pasadizos secretos y más tarde ver cómo los… -Cassidy tragó saliva y optó por dejar la frase sin concluir-. Que fueran tus suposiciones me da una esperanza de que todos estén a salvo en algún otro refugio. Seguramente si el incendio fue provocado, ellos imaginaron que nosotros estaríamos aquí y huyeron a otro lugar, por si alguien los seguía no tráelos hasta nosotros. Con todo eso, no me preocupa lo más mínimo que estés alterado y te cueste mantener a raya tu magia. Es normal. Y cuando todo se aclare y volvamos a estar todos reunidos, volverás a tener a ese hermoso genio Obour bajo control. Mientras tanto, será nuestro secreto.



Gabriel, sentado al borde de la enorme cama redonda, volvió a bufar y, soltando sus manos de entre las de ella, se dejó caer desplomado hacia atrás, cubriéndose el rostro con ellas. Cassidy tomó apoyo en las rodillas del chico para ponerse en pie y también bufó. Parada entre las fuertes piernas de él, le vio esconderse de ella. Por un momento lo odió. Odió que cubriera su hermoso rostro. ¿Cuándo había decidido su subconsciente que Gabriel era el más apuesto de sus guardianes?¿Y desde cuando su encaprichado carácter se sentía poseedor del derecho supremo a ver ese rostro siempre que se le antojara sin que el mismo Gabriel tuviera el privilegio de tener algo que decir al respecto? “Briel no es el único que está perdiendo el control de sí mismo” pensó Cassidy cuando un fuerte enojo la vapuleó como a una niña pequeña a la que le quitan una piruleta. Si se hubiera dejado llevar hubiera saltado a horcajadas sobre él con su opulento vestido rojo y hubiera forcejeado con su enorme protector hasta lograr separar sus palmas de su faz.



-¿Qué? -le increpó Cassidy con la voz cargada de mal genio, en lugar de hacer lo que la parte malcriada de su persona le pedía.



-¿Por qué siempre que alguien tiene las palabras correctas, nunca soy yo? -se quejó Gabriel sin descubrirse-. Se supone que yo tendría que consolarte a ti. Eso y protegerte es mi deber. No el tuyo. Tú tendrías que estar histérica y aterrada, para dejar que yo sirviera de algo, ¿sabes?



Ahora era la parte divertida y traviesa de Cassidy la que quería actuar. Y actuar en el sentido más teatral de la palabra. Ponerse a gritar y sollozar para que su Briel se sintiera útil. Pero no lo hizo porque ese estado estaba demasiado cercano a ser real y temía ser consumida por el personaje a representar. Lo único que la hacía mantenerse de una pieza era el querer que Gabriel no se preocupara más por ella. “¡Hey, Cassidy! Estás creciendo” se dijo a sí misma sorprendida de estar más preocupada por los sentimientos de una tercera persona que por los suyos propios. Aunque ella nunca había sido una custodiada ensimismada consigo misma o despótica de ninguna manera con sus guardianes, tampoco es que hubiera antepuesto las circunstancias personales de éstos a las de ella.



-Quiero verte la cara cuando me hables, Gabriel -solicitó desdeñosa para sentir que se recuperaba un poco a sí misma y porque de verdad deseaba ansiosamente ver esos maravillosos ojos azules y poder comprobar que él estaba bien-. Ahora, ¡ya!



Con aire abatido y a regañadientes, Gabriel se fue incorporando hasta quedar sentado. Su cara quedó a la altura del pecho de Cassidy. Ella carraspeó con aire de cansancio y Gabriel muy lentamente fue alzando el rostro para encontrase con el de ella. En los ojos color miel de Cassidy, no había pizca del enojo o la altanería que habían sido plasmados en su voz. Por el contrario, había un brillo en ellos que les confería el aspecto de estar formados por oro líquido en movimiento. El guardián frunció el ceño algo extrañado. Creía conocer todos los gestos y actitudes que podía adquirir el rostro de Cassidy… pero aquella expresión le era totalmente desconocida. Dieciocho años con la chica. Toda la vida de ella y precisamente hoy aparecía algo desconocido. No era un mal gesto. Todo lo contrario. Era como si ante ella estuvieran a su espera una enorme tarta de chocolate, un plato de tiramisú, toda una nueva colección de vestidos pretenciosos, un baúl entero de piedras preciosas, la recopilación completa de animales de cristal de la firma Swarovski y todos los integrantes de sus bandas musicales favoritas, así como el mismísimo Brad Pitt acompañado por Matt Damon cargando consigo toda una colección de libros de literatura romántica juvenil y adulta.



-¿Estás bien? -susurró temeroso Gabriel.



Aquella expresión de repentina y absoluta felicidad era excesiva. A Cassidy le encantaba ver sus exigencias cumplidas, pero su rostro pletórico a la máxima potencia era demasiado, él sólo había cumplido una orden como tantas otras veces. No se merecía tal júbilo. Y comenzaba a sospechar que las barreras sicológicas de Cassidy le estuvieran jugando una mala pasada, tratando de protegerla de la desesperada situación en la que se encontraban. Solos y sin saber nada de la suerte que había corrido el resto.



-Sí -carraspeó Cassidy, saliendo del extraño embrujo en el que había caído.



Se había hundido en las paradisíacas aguas de los ojos de Gabriel, como si tratara de beberlas tras días perdida en el desierto. Y él tan sólo se los había escondido por unos segundos. Bueno, siempre había sido una consentida. Jamás nada se le había negado. Lo único que esta ocasión tenía de especial es que se le había antojado ver un rostro. Estaba alterada y le había dado por ahí como le podía haber dado por querer comer anchoas con chocolate. Sólo era otro de los estridentes caprichos suyos, los cuales sus consentidores padres habían fomentado a lo largo de su vida. Y la reacción normal a que se tardara más de un segundo en contentarla. “¿No?” se cuestionó a sí misma.



-Estoy perfectamente -reiteró en voz alta para convencerse-. Pero no vuelvas a… -De nuevo la necesidad de animarle a él en lugar de satisfacerse a sí misma la dominó. Tomó asiento en una de las piernas de Gabriel y le tomó el rostro antes de hablarle en voz baja-. Tú nunca necesitarás de las palabras. Y si no estoy en shock, llorando y temblando es porque tú estás aquí. Ya estás cumpliendo con tu deber. Muy bien debo añadir, por cierto.



El duende Obour de Gabriel le mandó una imagen de sus propios labios. Cassidy sonrío interpretando que eso era lo que él quería ver al centrar sus pensamientos en su boca de esa manera. Cuando Gabriel se dio cuenta de lo que ella estaba viendo en su mente rápidamente borró esa fijación de la suya propia. Cassidy no pudo evitar fijarse en los de él cuando los suyos desaparecieron de su psique. Tan rosados, tan carnosos, tan grandes que podrían cubrir los suyos por completos con su sedoso tacto… “¡¿Qué narices…?!” se reprochó Cassidy, sacudiendo la cabeza en un intento por mandar lejos el cosquilleo que había recorrido su espalda proveniente de su centro hasta erizarle los pelos de la nuca.



Un extraño sonido como un suspiro llegó a oídos de Cassidy y se cubrió la boca ruborizada al creer que ella era la que lo había hecho sin siquiera ser consciente. Cuando Gabriel la levantó al vuelo tirándola en la cama de manera brusca para girarse, quedando de espaldas a ella. Cassidy salió de su error y a punto estuvo de suspirar de verdad de alivio. El ruido provenía del mecanismo hidráulico de la puerta al abrirse. Gabriel la había lanzado tras de él para interponerse entre lo que fuera que estuviera haciendo incursión en el búnker y ella.



Frente a ellos, Hardy. Enfundado en su traje de baño O´Neill, miraba boquiabierto el lugar devastado a puñetazos por Gabriel. Rápidamente y sin moverse un paso buscó a Cassidy con sus ojos verdes ávidos por encontrarla. La muchacha yacía de espaldas, tirada de cualquier manera tras Gabriel. Hardy no pudo dejar de pensar en lo peor. Sin nadie que alejara a Cassidy del tren de mecánicas desbocado en el que se convertía su compañero cuando perdía los estribos, ésta seguramente había tratado de detenerle o aplacar su furia, recibiendo un mortal saludo del señor “no reconocería ni a mi propia madre”.



-¡Está viva! -exclamó Hardy al tiempo que se le doblaban las rodillas del alivio, cuando Cassidy, luchando duro con aquel vestido tan aparatoso logró voltearse y encaramarse a los hombros de Gabriel, se asomó para poder esquivar la espalda de éste, que ejercía de pantalla ante ella sin dejarle ver quién había entrado.



-Por poco -masculló Gabriel, sonrojándose ante el nuevo testigo de su poca capacidad de contención.



-Bueno -suspiró Hardy, sonriendo al fin-. Es más de lo que este… -recogió un amasijo de cables y plásticos del suelo y lo mantuvo colgando frente a su rostro, intentando reconocer qué había sido en sus mejores tiempos.



No pudo terminar la frase, pues saltando por la cama Cassidy llegó hasta él y le abrazó, eufórica. Recibió a la muchacha entre sus brazos y la estrechó con fuerza hasta que ella soltó un leve quejido como protesta.



-Altavoz -dijo Cassidy, achuchándole-. Creo que era un altavoz.



-Bueno, pues es más de lo que este altavoz puede decir. Eres toda una superviviente. Conozco pocos del huracán Gabriel.



-Lo soy gracias a él -reconoció finalmente Cassidy, apartándose un poco de su guardián surfista para hacerle un chequeo completo-. Si no hubiera sido por él, supongo que en algún momento habría acabado por meterme entre las llamas buscándoos.



Otro minuto más de abrazos y achuchones entre ambos y llegó el turno de las preguntas. Al parecer, Hardy había llegado minutos antes de la salida del sol. Se había materializado dentro de su dormitorio, donde pretendía darse una ducha para quitarse la sal del agua marina de la piel. Y se encontró con que todo había sido devastado. La cosa había pasado hacía rato, así que no se molestó en buscar a nadie por la casa y directamente se teletransportó a la puerta del búnker, ya que dentro le era imposible. No sería un sitio seguro de haber podio ser así. Él no era el único con el poder Obour de materializarse donde quisiera y el lugar estaba protegido contra esos posibles vampiros que compartieran su mismo poder.



No sabía nada del resto. Pero estaba seguro de que el incendio había sido provocado, así como que habían sido manos Vampirs las que habían encendido las antorchas culpables. No sabía qué querían ni qué buscaban con aquello. Pero con los Vampirs siempre era la misma historia. Eran la oveja negra de su raza, e incluso no se les consideraba parte de ella. Y era por lo que todos los demás odiaban ser llamados vampiros. Esa palabra recordaba demasiado a aquellos que habían perdido su alma tras matar a un humano y seguir haciéndolo cada vez que se alimentaban.



¿Qué conseguían con esto aparte de perder su poder Obour, si es que lo habían tenido, y sus activos y derechos como Opyer si es que pertenecían a esa alta clase? Poder. Poder físico. Era prácticamente imposible matarlos. Sólo se podía hacer si se les estacaba y después se les cortaba la cabeza o se les ponía a secar al sol. Mientras que el resto de la raza era vulnerable a una muerte violenta, como los humanos. Salvando que los vampiros tenían una resistencia mil veces mayor a los daños físicos y se curaban a una velocidad casi increíble. Era esta práctica inmortalidad la que les convertía en una mafia de sicarios fuera de la sociedad vampírica. Ellos no eran más que meros mercenarios siempre disponibles para el mejor postor. Lo que convertía la situación en algo muy espinoso. El ejército sanguinario que eran los Vampirs no tenía objetivos propios. Siempre actuaba movido por la mano de un oscuro mecenas del mundo supuestamente socializado y pacífico del resto de vampiros.



-Tenemos que salir y buscar al resto -decidió Cassidy tras el intercambio de información, en el que Gabriel puso a Hardy al corriente de lo poco que ellos sabían.



-No podemos, Cassidy. El sol ya salió -le recordó Gabriel.



-Ya. Pero Alexander puede caminar bajo el sol. Si ellos estuvieran bien… -Cassidy tomó aire para poder continuar tras el oscuro pensamiento de que precisamente ocurría todo lo contrario-, él habría venido a avisarnos. Ahora que los Vampirs se ven obligados a mantenerse ocultos por el sol.



-Como nosotros, Cassy -apostilló Gabriel.



-Briel, él puede y yo también. Mis padres pueden estar bien y no salir porque ya es de día. Pero Alex no. Si él estuviera bien habría venido a buscarme. Lo sé.



-Perfecto, Cassidy -declaró Hardy, dejando congelado a su compañero-. ¿Y qué propones?



La chica se giró entusiasmada de encontrar algo de apoyo y miró esperanzada a su guardián más predispuesto a seguirle el juego. Si alguien era capaz de aprobar algún plan loco ese era Hardy. Le encantaban. Vivía para ellos. La idea de Cassidy era salir sola a buscar a su hermano postizo. Encontrarlo y traerle con ella. Daba por sentado que tendría que estar malherido pues era la única cosa que le podría retener lejos de ella, sabiéndola ansiosa de tener noticias de él. Will y sus padres.



-Quizás esté con mis padres y Will en algún refugio. Vosotros tenéis que saber dónde están los demás sitios seguros de mi familia.



-¡Oh, sí! Pero de ninguna de las maneras vas a salir ahí fuera tú sola -gruñó Gabriel, poniéndose en pie y mirando de manera asesina a su compañero, que había estado callado acariciando la punta de la cola de caballo donde estaba recogido su pelo.



-¿Por qué no? -exigió saber Cassidy, levantándose para plantarse frente a la enorme mole de músculos tirantes que era en ese momento Gabriel. Toda rígida y con muchos aires alzó la barbilla en un gesto de altanería y desafío hacia su guardián-. El sol que brilla ahí fuera os mantiene a todos encerrados. Nadie podrá hacerme nada.



-Nadie de nuestro mundo. Pero olvidas que tú sólo eres una mocosa, hija de padres millonarios, para el resto de codiciosos humanos -gruñó Gabriel sin bajar la vista hacia ella, haciéndola sentir realmente pequeña-. Lo último que necesitamos es que te secuestren mientras caminas por ahí vestida de princesita.



Cassidy estuvo a punto de abofetearle, pero se contuvo. En su lugar, se subió de pie a la cama y con un dedo dio un toquecito en el fuerte hombro de Gabriel, quien suspirando se volteó para enfrentarla, ahora que sus caras estaban a la misma altura. La cara de Gabriel no denotaba nada más que cansancio y un liguero aburrimiento. Sin embargo, la de Cassidy estaba esculpida en piedra en un gesto feroz, dando a sus facciones de pequeña hada un matiz tenebroso.



-No eres mi padre. Eres un simple escolta. Tengo dieciocho años y yo decido si me quedo o me voy. He decidió irme y tú no tienes nada que opinar al respecto.



Un resplandor de cólera brilló en los ojos de Gabriel al recibir una dolorosa punzada en el corazón, que de inmediato también captó Cassidy por mediación del errático poder de él. Aunque ella, sumida en su propio enfado, pensó que ese pinchazo provenía de ella misma. Con calma y sin elevar la voz, Gabriel habló:




-Cierto. Sólo soy tu escolta. Pero tus dieciocho años humanos sólo te convierten en un bebé a mi cargo.



Después de tal declaración los autocontroles de ambos salieron disparados por algún respiradero fuera del búnker. Cassidy gritaba furibunda a su guardián, gesticulando con impetuosidad y vehemencia. Gabriel sólo respondía con gruñidos entre dientes mientras apartaba con sequedad las manos que Cassidy hacía volar frente a su rostro. Hardy, que no había tomado partido en el debate, se acercó a la pareja y en silencio tomó a Cassidy por la cintura, mientras ella continuaba vociferando, y la bajó de la cama. La rodeó y se interpuso entre ellos con los brazos abiertos en cruz.



-Bien. Bien. Fin del primer asalto. Por favor, retírense a sus esquinas.




Gabriel dio un paso atrás y cruzó sus enormes brazos sobre el pecho. Cassidy jadeando y acalorada hizo lo mismo, y los dos se miraron, esquivando a Hardy, con los morros arrugados desafiándose con la mirada. Hardy se llevó las manos a la goma que mantenía su larga melena rubia oscura sujeta en una coleta baja y la tensó. Señal de que se disponía a hablar y quería ser escuchado. Signo también de que iba a realizar una maniobra arriesgada o poco convencional.



-No -jadeó Gabriel, incrédulo-. No puedo creerme que vayas a…



-Cassidy tiene razón, Gabriel -se pronunció con calma, y levantó la mano para posarla en el pecho de su compañero boquiabierto y atónito-.Ya es mayor y con el sol brillando ahí fuera…



-¡SÍ! -celebró entusiasta Cassidy, cerrando su mano en un puño en gesto de victoria-. ¡Sí, sí, sí! Te adoro, Hardy.



-Y yo a ti, pequeña -le dijo al tiempo que ella se lanzaba a sus brazos, aún dando saltitos de alegría. Mientras la abrazaba Hardy le guiñó un ojo a su compañero-. Pero Gabriel tiene razón en una cosa.



Cassidy desilusionada se apartó de él y le escudriñó los verdosos ojos en busca de la objeción que mataría sus ilusiones. Gabriel, por el contrario, suspiró de alivio esperando ver por dónde saldría su compañero. Cassidy al oírle se volvió para fusilarle con la mirada.



-¿No tienes nada menos llamativo con lo que salir a la calle que este… -Hardy pensó por unos segundos, mientras con la cabeza ladeada hacia un recorrido con las manos de los pies a la cabeza de la muchacha indicando su indumentaria-, llamativo vestido?



Ella negó con la cabeza y Gabriel soltó unos de sus bufidos al descubrir cuán estúpido era el inconveniente que su compañero había pensado argumentar.



-Bueno, sólo acaba de amanecer, parecerá que vuelves de una fiesta brutal en la corte de la reina Barbie.



Hardy condujo por el codo a Cassidy hasta la puerta del refugio con sus exóticos andares haciendo que sus abdominales ondularan al aire. Gabriel fue a dar un paso tras de ellos para impedir que su compañero dejara marchar a Cassidy, cuando éste le guiñó el ojo cómplice de nuevo. Gabriel no estaba muy seguro de lo que el alocado Hardy planeaba, pero sólo tenía dos alternativas: esperar a ver qué sucedía o ponerse a pelear con los dos, y para esto último siempre había tiempo. Al fin y acabo Cassidy tenía que cruzar todo el abovedado túnel para llegar al exterior, ya que con el astro sol brillando en el firmamento Hardy no podía teletransportarla afuera.



-Ten cuidado -le pidió Hardy a Cassidy cuando estuvieron parados frente a la puerta.



-Lo tendré, te lo prometo -habló conmocionada por la confianza que su guardián estaba depositando en ella. Después, jugueteando con el aro del pezón derecho de éste, murmuró-: Ten cuidado tú también y cuídale mucho. -Desvió la mirada de los pectorales marcados de Hardy para ponerla en Gabriel, que los miraba de reojo sentado en la cama, con la barbilla apoyada en el puño y el codo descansando en su saltarina rodilla-. Va a estar muy enfadado.



-Se le pasará -la tranquilizó él con tono aburrido, y la giró para que emprendiera el camino-. Y espero que a ti también.



Antes de que Cassidy pudiera girarse para preguntarle a Hardy a qué se refería, éste posó dos de sus dedos en su nuca. El guardián ya estaba con el brazo preparado para recibir el peso muerto de la chica cuando se desmayara y parar su caída. Gabriel se levantó de un brinco y corriendo fue a su encuentro con las manos en la cabeza.



-Pero… ¿Qué has hecho? -preguntó alarmado mientras Hardy upaba a la muchacha inconsciente en sus brazos de camino a la cama.



-¿Tú qué crees?



-Pero… Pero está prohibido.

Sí, usar el “toque” con los humanos que habían sido elegidos para caminar en la noche eterna estaba total y completamente prohibido. El poder de apagar la mente de una persona, del cual disponía toda su raza excepto los Vampirs, sólo se debía usar con aquellas personas destinadas a la alimentación, con el fin de no causar una conmoción en sus vidas. Servía tanto para proteger el secreto de su existencia así como para salvaguardar las mentes humanas de tener recuerdos sobre extraños succionándoles pequeñas cantidades de su escarlata líquido vital. Como los Vampirs acababan con las vidas de sus “donantes”, este poder no les era necesario y quizás por eso les era arrebatado junto con cualquier magia de su raza o privilegio en la sociedad vampírica.



-Era esto o ver cómo discutíais durante todo el día. Y realmente, necesitamos descansar -se justificó Hardy, posando la cabeza de Cassidy con sumo cuidado sobre los almohadones de la cama redonda con tamaño de plaza de toros.



-La hubiera convencido. No era necesario que…



-Sí, seguro. O la convencías o la agotabas. No sé qué hubiera pasado primero. Pero a mí me estabais levantando dolor de cabeza. ¿Y luego qué? ¿Pasaríamos el día haciendo guardia? Porque te aseguro que en cuanto nos hubiéramos dormido aquí nuestra amiga, Sisi emperatriz, se hubiera marchado sigilosa como un jodido gato.



-Pero, Hardy. ¿El toque? Alexander nos matará. Bueno, te matará. Yo no pienso entrar en… ¡¿Qué demonios te crees que haces?!



Hardy había girado a Cassidy de tal modo que ahora descansaba sobre el estómago y él luchaba con el cierre del corsé del vestido rojo.




-Mmmm, ciertamente no lo sé, pero creo que esta cosa se abre por aquí –masculló, tironeando del broche en la espalda de Cassidy.



-No la vas a desnudar. No, no. De ningún modo -le advirtió Gabriel, apartando las manos de su compañero de la espalda de la chica e interponiéndose entre ellos.




-¿Prefieres que duerma durante cinco horas con las dichosas ballenas de ese corsé clavándosele en las costillas? -cuestionó el guardián modelo surfista, tratando de alcanzar de nuevo el cierre del vestido-. Además, no es como si fuera la primea vez que cualquiera de nosotros la desviste.



-¿Cinco horas? ¿No crees que te has pasado? Y no, eso fue hace mucho -protestó, apartando las manos de su compañero con brusquedad-. No insistas -gruñó.



Hardy se apartó de Cassidy. Fijó la miraba en los azules ojos de su compañero y con una interrogación dibujada en la cara le observó, estudiándole mientras que lentamente inclinaba la cabeza y achinaba los ojos.



-¿Qué demonios te pasa Gabriel? Te recuerdo que tanto tú como yo le hemos cambiado los pañales a Cassidy en muchas ocasiones. -Eso era cierto y sin saber por qué Gabriel se sintió sucio al recordar la extraña manera con la que se había quedado mirando los labios de Cassidy antes de la llegada de su compañero.



-Ya no es una niña -se dijo a sí mismo, pero en voz alta y firme.



-Está bien, de acuerdo -aceptó a regañadientes Hardy, al tiempo que cogía una de las colchas que no habían quedado bajo la muchacha. La estiró sobre ella y añadió-: Estás rarísimo.



Gabriel insistió en ser él quien desabrochara los corchetes y bajara la cremallera de la espalda de Cassidy. Después puso ambas manos a los lados de la cara de la chica, dejando anclada la manta al colchón, y Hardy tiró del vestido por los pies hasta que estuvo fuera. Gabriel sonrío satisfecho y se dejó caer sentado con la espalda apoyada en la montaña de cojines del centro de la circular cama, a un lado de Cassidy. Ella ahora descansaría a gusto y nadie había visto sus intimidades. Cuando con un suspiro de relajación su compañero hizo lo mismo al otro lado de la chica, Gabriel lo miró con una mueca pícara.



-¿Qué? -preguntó Hardy, molesto por su repentino cambio de humor.



-Alexander querrá matarte. Has usado “el toque” sobre la que él considera su hermana, y la has desnudado. Todo en la misma noche. Se va a poner…



-Tú me ayudaste.



-No, para nada -rió Gabriel divertido-. Yo sólo evite que la vieras desnuda.




-De todas maneras da igual. Me alegraré de que se enfade -asumió sombrío Hardy, mirando cómo sus dedos jugueteaban con el cordón de sus bermudas.




-¿Por qué? –preguntó desconcertado Gabriel.



-Porque significará que está vivo.




Al tiempo que Gabriel asentía lúgubre confiriéndole el punto a su compañero, el golpear de unos puños en la puerta resonó por toda la estancia. Como dos resortes, los guardianes dentro del búnker se incorporaron con todo su cuerpo en tensión. Intercambiaron miradas y de nuevo las dirigieron a la puerta cuando ésta fue aporreada otra vez. Hardy comprobó su reloj deportivo y alzó siete dedos para indicarle la hora a su rubio compañero.




La mansión Legrende había sido devastada en su totalidad y si los bomberos no habían extinguido ya las llamas, éstas se habrían consumido por sí mismas a esas alturas. Bien podía ser un humano muy avispado de los servicios de emergencias que hubiera encontrado la entrada a los túneles en la bodega o bien…




-¿¡Hay alguien!? -gritó una familiar voz, que hizo que ambos guardianes dejaran caer los hombros, aliviados, y se dirigieran a la puerta a toda velocidad-. ¡Si hay alguien ahí dentro me vendría bien un poco de ayuda!



Alexander. No había duda. Hardy abrió la puerta para su amigo. Era él y estaba… ¡vivo! Y lo mejor de todo era que no venía solo. Sobre su espalda descansaba alguien. Grande y de pelo castaño claro alborotado.



-¡Hey, chicos! ¿Qué tal todo? -preguntó con voz cantarina, y una sonrisa cansada en el rostro que levantaba con dificultad quien ejercía de saco de patatas al hombro de Alex.




A Gabriel se le iluminó la mirada al ver el ennegrecido rostro de su capitán y raudo fue a liberar de su peso a Alexander. Tomando con cuidado a Will lo llevó hasta la cama, donde le ayudó a recostarse.




-¿Cómo esta mi her…? -comenzó a preguntar Alexander tras abrazar a Hardy-. ¿Dónde está Cassidy?




Hardy señaló hacia el redondo lecho. Con la cabeza apoyada en el mullido centro de almohadas Cassidy parecía ser la aguja de un reloj que marcaba las seis. Cerca de ella, donde se encontraría el nueve, Will recibía un cuenco con agua tibia y una toalla de manos de Gabriel.




-Gracias al cielo se quedó dormida antes de saber la verdad -suspiró Alexander, inclinándose sobre las almohadas en el lado contrario, donde estaría el doce, para mirar el rostro plácido de Cassidy-. Tardará bastante en volver a hacerlo cuando sepa lo sucedido.



-Sí, gracias al cielo. Eso seguro -murmuró Gabriel.



-¿Qué quieres decir, grandullón?



-¡Ah! Ni caso, Alex -intentó distraerle Hardy para, cuando estuvo otra vez ensimismado en Cassidy, lanzar una mirada asesina a Gabriel-. ¿Y qué es lo que ha pasado? ¿Dónde estabais? ¿Y los señores Legrende?



Alex no contestó. Se limitaba a apartar mechones de la cara de Cassidy, ocultando sus llorosos ojos al resto. Gabriel y Hardy ante su mutismo miraron a Will. Él, con gesto de pesar, se limitó a negar con la cabeza.



-No lo lograron -musitó Hardy.




Will sólo negó de nuevo y continuó quitándose el tizne que el humo y la ceniza habían dejado sobe su piel. Gabriel apretó progresivamente los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Hardy se dio cuenta de este detalle y tranquilamente dio un paso lateral hacia su derecha, apartándose de él. Tras de ellos había una estantería con una única balda que había sobrevivido a la furia inicial de Gabriel. Ésta recibió el enojo del más grande de los cuatro guardianes y se partió por la mitad al recibir el amoroso puño de Gabriel. Ninguno de sus compañeros se sobresaltó, ni siquiera Hardy que estaba casi pegado a él. Por el contrario, se volvió hacia su enorme compañero, le apretó el hombro y le murmuró.



-¿Mejor?



-Para nada.



-Lástima, aquí no quedan más cosas -bromeó Hardy en un intento vano de consolar a Gabriel.



-William -susurró Gabriel para llamar la atención de su capitán, y nada más éste le miró, él ocultó sus azules ojos en la tarea de sacarse una astilla de entre los nudillos. De ese modo, con la cabeza baja, preguntó-: ¿Qué pasó?

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Weno chicas aki el cap d mi sis Monty d esta semana perdon x colgarlo hasta esta hora lo k pasa es como ia sabran me fui al estreno d eclipse a medianoxe y me pare hasta la 1pm jajajajaj xD y recien entre esto es lo 1ero k hago apenas entre a inter este cap me encanto gabriel tan lindo y como k se gustaron ^^ no creen espero comens pa mi sis y su excelente historia n_n c

Chikas mañana el blog cumple 6 meses y lo festejare el domingo con el cap k sera mas largo y algunas cosas mas graxss x pasarse x aki y apoyar siempre el blog mil mil gracias ^^ cuidensenme muxo nos leemos byes

]*Mosha*[

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